LA INGLATERRA DE GUILLERMO BROWN

El día que cumplí seis años, Consuelo Guasp, la costurera de mi familia, me regaló el libro “Travesuras de Guillermo” de Richmal Crompton. Es el que más veces he leído en mi vida y seguramente el que más me ha gustado. Después me fueron regalando o comprando por mi cuenta casi toda la larga colección.
Guillermo, sus amigos los proscritos (Enrique, Douglas y Pelirrojo), su perro Jumble, sus hermanos Roberto y Ethel con sus insoportables amores, el niño pijo Humbertito Lane, la caprichosa Violeta Isabel y su padre el Sr. Bott, el párroco, sus padres, sus tías…y desde luego la vida cotidiana descrita en aquellos fabulosos libros, forjaron en mi cabeza una detallada visión de la Inglaterra rural, que curiosamente todavía encontré 30 años después de haber sido escritos.
Cuando recogí a mi amor en la Victoria Station, me dijo que teníamos sitio en Earls Court, en la casa de José María Elizalde, compañero suyo de facultad, camarada en el PCE y vecino en su casa de San Rafael. Al abrir la puerta, José María se quedó sorprendido al verme. “Anda, tu por aquí”. Me conocía de sobra; en su casa de la Plaza de Ramales de Madrid, nos estuvimos reuniendo más de un año los restos de la célula del PCE de Derecho que quedábamos tras las sucesivas detenciones policiales: Rita, Castropita, mi hermana Elisa y yo. Elizalde era para nosotros una referencia mítica y su simpatía, amabilidad y generosidad no tenía limites, además de los consejos políticos que él y su compañero de piso, Luis López Guerra nos daban.

José María, que cuando aquello aun era un poco tradicional en esto de las relaciones personales, asimiló rápido la inesperada pareja que se había presentado en su casa. Al día siguiente ella y yo nos fuimos a Brighton. A pesar del cielo nublado nos fascinó la ciudad, la playa, y sobre todo las decenas de coches aparcados con parejas sentadas mirando el mar en silencio y tomándose un te o cualquier otra cosa. No me extraña que The Who localizaran su maravilloso disco “Quadrophenia”, que se publicaría pocos meses después, precisamente en Brighton.

Pasamos de nuevo la noche en Londres y José María nos aconsejó que fuéramos a la costa este, al condado de Norfolk, que era poco conocido a pesar de su encanto. Cogimos el tren y nos bajamos en Cambridge, que recorrimos disfrutándolo con tranquilidad, a pesar de que estuvo todo el tiempo chispeando. De nuevo el tren hasta Kings Lynn, un pueblo pequeño ya en la costa. Ella se encargó de todo, afortunadamente. Buscó un Bed & Breakfast, lo apañó con la dueña y nos fuimos a cenar fish and chips al puerto. Al día siguiente paseamos por las playas y marismas, que realmente eran bellísimas. Todo recordaba a las historias de Guillermo Brown, las casas, las tiendas, las calles, los cafes-pastelerias, los pequeños jardines….

Hasta ese momento todo había ido muy bien entre nosotros. Delante de un zumo de frutas, que tanto le gustan, le pregunté cual iba a ser la siguiente etapa de nuestro viaje de luna de miel. Y contestó que tenía billete para San Francisco dos días después. No me lo podía creer. El resto del mes de agosto lo iba a pasar con su marido. No se quien de los dos lloró más aquella noche.

Regresamos a casa de Elizalde, que enseguida se dio cuenta de cómo estaban las cosas. Al día siguiente ella se fue y yo seguí llorando. José María, me consoló y sobre todo me hizo ver lo que yo nunca había querido ver. En mi hundimiento tremendista le pregunté qué podía hacer, si ya el viaje se me había estropeado, casi nada más empezar. Y me dio una solución. “Vete a Gales, a Irlanda y a Escocia”. Dejé de llorar y le hice caso.
Cogí el tren a York. Me gustó mucho, aunque los folletos, la información y las inscripciones, todo estaba en inglés, lógicamente y no le saqué todo el partido posible a mi visita. Ojalá se hubiera descubierto internet hace 40 años o alternativamente ojalá hubiera aprendido inglés de adolescente. En el Youth Hostel encontré información del Distrito de los Lagos y de una ciudad que me llamó la atención, Shrewsbury.

El Distrito de los Lagos, no estaba hecho para mí. Sin bici, sin coche, sin saber inglés, sin grupo organizado, con un mochilón. Hice alguna ruta en autobús público y me quedé con las ganas de volver en condiciones. A esas alturas lo único que dominaba era apañarme en los Youth Hostel y alternar los guisantes con curry, el arroz con leche y los fish and chips.
La frustración se me quitó al llegar a Shrewsbury. En mi opinión la ciudad mas bonita de todas las que conocí aquel verano. La recorrí ensimismado, esperando encontrarme a Guillermo Brown, pero sobre todo a Robin Hood, a Ricardo Corazón de León o al malvado Juan Sin tierra. No me explico cómo no ésta más divulgada su interés y belleza.

El fin del recorrido por el centro de Inglaterra, como no podía ser menos, fue Liverpool. No me gustó, ni siquiera me emocionó pasar por delante de The Cavern, donde se foguearon The Beatles y todos los grupos del llamado Mersey Sound. Lo único que realmente me interesó fue un impresionante almacén de ropa marinera que encontré cerca del puerto. Fantásticos chaquetones, jerséis, camisas, impermeables, abrigos…y a un precio no de ganga, pero sí asequible. Y tuve que resolver el dilema: o ropa marinera o discos. Y la decisión era evidente, lo que me sobrara del viaje, me lo gastaría en discos a mi regreso a Londres.
Al menos pude disfrutar del viaje de Liverpool a Dublín, en un barco muy clásico, nada que ver con los ferrys de Calais. Tuve un poco de mareo, pero el mar y las costas inglesa e irlandesa eran preciosas.
La historia de tus vivencias y lo bello que escribes podría ser plasmado en un libro o una película.
Un abrazo fuerte, y por favor sigue deleitándonos con tus buenos relatos que sin duda nos dejan con buen sabor de boca.
Me too.