INOLVIDABLE JUAN CRISTOBAL

Es terriblemente triste escribir cada poco tiempo sobre una persona querida que nos deja. Hoy ha sido mi amigo Juan Cristóbal quien de manera inesperada ha fallecido.
Le conocí cuando él estaba terminando la carrera de Derecho y yo empezándola. El militaba en la FUDE y yo pronto lo haría en el FLP. Nos veíamos en asambleas, concentraciones, manifestaciones y reuniones. El siempre con Marian su amor, y con Mercedes y otros compañeros también de la FUDE, cuyo nombre lamentablemente ya he olvidado.
Cuando empecé a trabajar como abogado laboralista, me volví a encontrar con él. Era muy amigo de Javier Sauquillo y Lola González Ruiz y ya todos militábamos en el Partido Comunista de España.
Cristóbal era entrañable y cariñoso, pero cuando llegaba el momento de las discusiones tenía un tremendo genio, siempre adornado de gracia y simpatía. En las reuniones de célula no se cortaba un pelo, ni en presencia de los máximos dirigentes del partido ni ante los honorables abogados veteranos. Tenía una fuerte impronta izquierdista, pero siempre disciplinado y asumiendo lo que acordara la mayoría. Marian a veces decía, “ya sabéis, son cosas de Cristóbal”.
Pero lo mejor era cuando terminadas las reuniones, bien tarde, nos íbamos a tomar unas copas, al Pub de Santa Bárbara, al “Junco chino”, por cierto, no recuerdo haberle visto bailar, al bar “Manolo” de Princesa o a “El avión” por Conde Peñalver. Entre copa y copa, cigarro y cigarro, Cristóbal iba animando la conversación, cada vez era más difícil entenderle en algunas frases y nos hacía reír mucho con sus ocurrencias y burradas y desde luego con muchas atinadas observaciones. Como se diría ahora no era “políticamente correcto”, aunque muy inteligente.
Nunca parecía tener sueño ni estar cansado, lo mismo que le pasaba a Lola; menos mal que en aquellos tiempos solían cerrar a las dos de la madrugada. Yo estaba deseando que diera la hora para irme a casa, pero a menudo nos acompañaban otros dos irreductible trasnochadores, Antonio Gallifa y José María Pariente (“el Poe”), que siempre conocían algún sitio que estaba abierto casi toda la noche. Y eso que a las 9 o 9 y media de la mañana empezábamos con los juicios en la Magistratura de Trabajo.
Con el tiempo Juan Cristóbal se vino a trabajar con nosotros en el despacho de Españoleto 13 y estaba junto con nuestro querido e inolvidable Nacho Salorio. Eran mucho más divertidos y transgresores que Zipi y Zape. Los clientes les adoraban y eso que ni Nacho ni Juan Cristóbal eran el prototipo de abogado y menos aun cuando se ponían la toga y aunque fuera la mas pequeña de todas, les sobraba por todas partes por lo delgados que estaban.
Cristóbal se sumó, como no podía ser menos, a la fracción clandestina (dentro de la clandestinidad) que formamos en lo que se conoció como “Oposición de Izquierdas del PCE” (La “Opi” en términos cariñosos). Éramos izquierdistas, prosoviéticos y críticos con el eurocomunismo, todo ello dentro de un orden y sin caer en la cutrez de los grupúsculos. Nos sancionaron a 6 meses en “la nevera”, es decir sin asistir a reuniones oficiales de célula, pero seguíamos teniendo plena relación informal con los demás camaradas y nosotros mismos, que éramos más de 15 solo entre los abogados, teníamos nuestros propios debates.
Volvimos a la ortodoxia, aunque Cristóbal seguía dando caña, y cuando no lo hacía, todos nos mirábamos sorprendidos, preguntándonos qué le pasaría.
Cristóbal toda su vída fue abogado laboralista, defensor de los derechos de los trabajadores. Siguió siendo divertido, cariñoso, entrañable y protestón. Se mantuvo ya siempre en el ámbito del PCE y luego de Izquierda Unida, por supuesto crítico, muy crítico, pero siempre leal.
Nos seguimos viendo, aunque mucho menos; en las manifestaciones, en las cenas de las antiguas abogadas y abogados comunistas y también en alguna tertulia, que se organizaban en torno a Lola en el Bar La Cruz Blanca, bajo el sarcástico nombre de “Momias en activo” y Cristóbal era la salsa de esta tertulia. Cada vez le entendía menos y me reía más con su enorme gracia y las cosas que decía de la dirección política, cualquiera que fuera en cada periodo.
Hoy Elena y yo hemos ido a despedirle y a dar un abrazo a Marian, su compañera durante casi 60 años. Nos quedan los recuerdos de tantos y tantos momentos felices ( y también dramáticos), pasados con él.