TATO MARCOTEGUI PARA SIEMPRE

No sé qué puedo escribir sobre TATO (Ignacio Marcotegui Jaso) de tantos momentos vividos juntos, tantas alegrías, tanto cariño y al final tanta tristeza. Junto con Juan Manuel Membrillera, Tato cubrió en mi niñez y adolescencia la figura de los hermanos que no tuve. Con la suerte de que esa estrechísima relación se mantuvo hasta su muerte el pasado jueves 6 de marzo. Nunca nos enfadamos ni peleamos.

Conocí a Tato en mi colegio en primero de bachillerato en 1960. Vivía enfrente. Cuando a las 9 de la mañana en el patio tocaban la campana para ponernos en fila y subir a las clases, la persiana del cuarto de Tato se levantaba y no sé si dormía vestido o qué, ni si desayunaba o no, pero llegaba corriendo cuando ya estábamos o subiendo las escaleras o entrando en clase.

Tato se hacía notar, se hacía querer y rápidamente nos hicimos amigos.
Le gustaba discutir, pero no pelear. Tenía criterio propio y una forma de hablar socarrona y a la vez llena de sentido común. Así se mantuvo toda la vida.
La sorpresa fue cuando decidió irse al seminario de Miranda de Ebro, sabiendo todos, como sabíamos, que tenía unas cuantas chicas por aquí y por allá que le gustaban. Duró un año. Le recibimos con gran alegría.
Y empezó una nueva etapa en la relación con sus amigos.
Sus padres por razón de trabajo pasaban largas temporadas lejos de su domicilio. Tato vivía con dos hermanas y otros tres hermanos. Todos jóvenes, acogedores, divertidos. Pasábamos muchas horas los fines de semana o a la salida de clase en esa “casa liberada”, en la que podíamos fumar, beber cerveza y sobre todo oír música. Y además sus hermanas nos daban buenos consejos para nuestras incipientes relaciones con las chicas.

El padre de Tato trajo un impresionante aparato de música de Alemania. Nunca en mi vida he escuchado la Obertura 1812 de Tchaikovsky como en aquel tocadiscos. Nos entusiasmaba oírla una y otra vez mientras los cañonazos resonaban creo yo que por todo el barrio.
Y cómo sonaba el “Paint it black” de los Rolling Stones, el “The Night before” de los Beatles, o el “Capri c`est fini” de Herve Vilard, “Les Marionettes” de Christophe o “Mejor” de los Brincos y tantos y tantos otros singles.
Pero además Tato tenía un “as” en la manga impagable. Disponía de pases de la Dirección General de Seguridad para todos los cines de estreno y teatros, bien con palcos bien con cinco entradas en la mitad del patio de butacas. Tato nos consultaba a sus más cercanos amigos qué película queríamos ir a ver esa semana, nos poníamos de acuerdo, llamaba a la secretaria de su padre y asunto arreglado. Llegábamos a la taquilla del cine o teatro, Tato se acercaba muy serio y decía “Dirección General de Seguridad, Sr. Marcotegui” y le entregaban un sobre con las entradas.
Tato era tan generoso que cuando había una película de especial éxito e interés y querían ir a verla mas de cuatro amigos, él organizaba una segunda sesión. El colmo de los colmos fue “Help” de Richard Lester con los Beatles, que al menos yo vi cinco o seis veces en el cine Lope de Vega.
Tuvimos algún incidente sobre todo en las películas para mayores de 16 o 18 años. Casi todos los amigos que íbamos al cine con Tato habíamos pegado ya el estirón y podíamos pasar por chicos más o menos mayores, Tato era menudo y en más de una ocasión le pidieron el carnet y no le dejaron entrar. Insisto, era tan generoso, que nos animaba a entrar y nos decía que no nos preocupásemos, que ya le contaríamos por ejemplo las escenas de amor entre Úrsula Andress y Sean Connery.
En la facultad de Derecho los que veníamos de Letras del Colegio, seguimos manteniendo la amistad. Una amistad que no pudo deteriorar ni las novias y lo que es más difícil ni las opciones políticas que en aquellos años de gran agitación antifranquista fuimos tomando cada uno. Tato se hizo carlista de izquierdas, seguidor del príncipe Carlos Hugo y siempre estuvo muy orgulloso de ello y de su participación en actos carlistas y en especial la subida a Montejurra. Mas allá de la lucha estudiantil, los primeros años de carrera fueron maravillosos y lo pasamos muy bien, aunque en la pandilla éramos mas chicos que chicas y bueno…

Tengo que decir que en mis diversas detenciones, Tato habló con su padre y creo que me llevé algún golpe menos por la intervención del Coronel Marcotegui. Cuando después nos veíamos en su casa, Don Gregorio me miraba con una cara seria pero afable y jamás me reprochó nada, sabiendo cuáles eran mis actividades políticas. Y la madre de Tato era igualmente una mujer cariñosa, con la horda de chavales que le invadíamos la casa.
Al terminar la carrera, cambiarnos de casa la mayoría de los amigos, emprender trabajos, casarse, tener hijos, etc. hubo unos años en que apenas nos veíamos.
Hasta que otro de los grandes amigos del colegio, Antonio Villaverde, decidió que no podíamos seguir así y que al menos una vez al mes teníamos que quedar a comer. Rito maravilloso que hemos mantenido año tras año.

Tato, que comía como un lince y tras los postres solía fumar un puro (en aquellos tiempos que se podía), nos mantenía siempre en el misterio de a qué se dedicaba realmente en la “Kutxabank”. Con sus viajes por toda España, su coche Mercedes lleno de naranjas, su peregrinar detrás de los toreros que le gustaban, como José Tomas, el recorrer las casas de vacaciones de sus amigos y sus estancias en su querida San Sebastián.

La pandilla de la facultad también retomamos los encuentros, con menos frecuencia pero muy intensos y pareciera que el tiempo se había detenido en 1967. Seguiamos iguales en los afectos, en las risas, aunque algunos, no todos, con menos pelo y mas canas.

Y para sorpresa de más de uno, Tato se hizo seguidor de PODEMOS y además mantenía una posición muy dialogante con la crisis catalana. Seguía sin importarle quedar en minoría, pero jamás le oí en las discusiones una salida de tono.
Hasta que un día nefasto nos dijo que le iban a hacer una operación complicada y que no se sabía que podía pasar.
Vivió casi dos años más. Manteniendo su entrañable sonrisa, sus inmensas ganas de vivir, acentuadas cuanto mayores eran los dolores, agarrándose a las esperanzas y tratamientos que le ofrecía un equipo médico al que estaba muy agradecido.
Tuvo la enorme suerte de que sus hijas y sus hermanos estuvieron muy pendientes de él. Y sus amigos, muy en especial Antonio Villaverde y Luis Leiros también. Aunque pasaba muy malos ratos, cuando quedábamos era precisamente en los buenos momentos y le veíamos con tanto ánimo que pensábamos que ya lo había superado y que Tato estaría siempre con nosotros.
No pudo ser.
Fue generoso hasta el fin, donando su cuerpo. Así que no pudimos ir a despedirle.
La ausencia de Tato la sentiremos todos sus amigos; han sido casi 60 años de amistad, de cariño, de risas, de ilusiones.
Nunca lo olvidaré. Quiza por tener sangre navarra él y yo, nos entendíamos. Nunca tuvo una mal gesto o un reproche conmigo. Alla donde esté, espero que se acuerde de mi como yo me acuerdo de él. Hasta luego Tato.
Bonito recuerdo, querido Hector.
A ver si es cierto que nos vemos la pandilla cuando vaya a Madrid y brindamos por el.
Un abrazo.
Que historia tan bonita de amistad, Hector
Que historia tan bonita de amistad, Hector
Que HISTORIA tan bonita.de amistad,Héctor.preciosa!!
Tato fue mi jefe,yo estuve cuidando de sus hijas unos años,jamás le olvidaré,pues fue conmigo una persona maravillosa.