DIAS DE EBULLICION CULTURAL

En estos días políticamente trepidantes y a menudo agobiantes, hay que dejar espacio para otras realidades magnificas, que por ejemplo ocurren em Madrid. Por citar solo tres: la Opera LA CALISTO, la película de Almodóvar “DOLOR Y GLORIA”, y la exposición de pintura “DE CHAGALL A MALEVICH: EL ARTE EN REVOLUCION”.

Tengo que admitir que nunca había visto o escuchado la ópera “La Calisto” de Francesco Cavalli, un compositor italiano de música sacra y operas que vivió en el siglo XVII, en pleno barroco.
El Teatro Real ha tenido el acierto de estrenarla en Madrid, en la versión de la Opera Estatal Bávara de Múnich. Seguramente la audición discográfica resultara un tanto árida, sobre todo sino se va siguiendo el libreto de la misma. Aunque Cavalli es un creador posterior a Monteverdi, esta opera no alcanza musicalmente sus grandes composiciones, ni tampoco las de los músicos franceses del siglo XVII.

Pero la producción realizada por David Allen, director de escena, Paul Steinberg, escenógrafo, Buki Shiff, figurinista, Beate Vollack, coreógrafa y Pat Collins, iluminadora, todos habituales colaboradores de la citada Opera de Múnich, logran un espectáculo deslumbrante, apasionante, innovador, transgresor….
Una producción que se mueve entre el Pop Art, la Psicodelia e incluso los personajes de “Alicia en el País de las Maravillas”, sacando un inmenso partido a un libreto audaz, cargado de erotismo.

La dirección musical es de Ivor Bolton, que en esta ocasión no se ha rodeado de la Orquesta del Teatro Real de la que es titular, sino de la excelente Orquesta Barroca de Sevilla y del Monteverdi Continuo Ensemble. De los intérpretes, destacan sobre todo Louise Alder, Karina Gauvin y Tim Mead.
Merece la pena ir a verla, pues pocas veces se puede contemplar un espectáculo musical tan sorprendente.

Pedro Almodóvar, ya cercano a los 70 años (me lleva un mes), hace grandes películas cuando trata temas populares, costumbristas, con rasgos más o menos autobiográficos. Desde la maravillosa “Volver” del año 2006, Almodóvar había ofrecido películas irregulares, siendo el caso de menor interés, “Los amantes pasajeros”.

“Dolor y Gloria”, no es una película redonda, pero tiene momentos magníficos, asociados al personaje de la madre, protagonizada por Penélope Cruz y Julieta Serrano, ambas se salen de lo bien que trabajan. Tambien brillan los recuerdos de la infancia.

Antonio Banderas, que no me suele gustar porque en muchas películas se suele interpretar a si mismo, esta realmente contenido y comedido. Los otros tres actores masculinos, Asier Etxeandia, Leonardo Sbaraglia y Raúl Arévalo, cumplen sin más. Nora Navas, que recuerda mucho a Carmen Maura, trabaja muy bien, Cesar Vicente, hace una buena interpretación de un personaje de sabor pasoliniano. Mención especial merecen las breves pero estupendas apariciones de Cecilia Roth y Pedro Casablanc.
Como siempre Almodóvar cuida al máximo todos los aspectos técnicos, con una decoración portentosa, la música brillante de Alberto Iglesias y la fotografía excelente de José Luis Alcaine.
Una película para no perderse.
A veces asociamos la pintura en la revolución rusa a las grandes obras del realismo social, a los grandes carteles que buscaban motivar y movilizar a los obreros, campesinos y soldados para construir el socialismo y derrotar a la contrarevolución.

Sin embargo, la época revolucionaria, entendiendo como tal desde 1905 a 1930, fueron unos años de una tremenda ebullición creativa, no solo en la pintura desde luego, y no solo como creación estrictamente rusa. Fueron 25 años en que las corrientes innovadoras de Paris o Berlín pudieron llegar a una Rusia que por fin luchaba por abrirse a la modernidad, a las vanguardias artísticas, sin perder los orígenes populares eslavos.
La Fundación Mapfre, que con frecuencia monta exposiciones temáticas de gran interés, presenta una panorámica, no muy extensa, pero si muy intensa, de lo que fue ese periodo en la evolución de la pintura rusa.
Llama poderosamente la atención la cantidad de “ismos” que se sucedieron en tan pocos años, la constante aparición de nuevas corrientes y estilos, la mayoría de los cuales en España nos resultan desconocidos.
La evolución se inicia con un fascinante cuadro de Marc Chagall, que de por sí justifica ir a ver la exposición y termina con una cierta vuelta atrás de Malevich, después de haber sido un volcán innovador, cuando ya se percibía el invierno gélido que el estalinismo iba a imponer en la Rusia Soviética. Hay significativas obras de Rodchenko, Kandinsky, y de otros artistas mucho menos conocidos como las pintoras Popova y Goncharova, o Lisitski.

Hay que agradecer y mucho, la exhaustiva información que contiene la exposición, con numerosos paneles explicativos, que permiten salir de la misma teniendo mucho mas conocimiento de lo que supuso ese “arte en la revolución”.
Nunca sabremos que hubiera sucedido si en lugar de Stalin, hubieran triunfado Trotsky, Zinoviev y Kamenev, seguramente esa impresionante creatividad artística hubiera seguido desarrollándose. En todo caso, merece la pena conocer lo que aportaron esos grandes pintores y pintoras y aprovechar la oportunidad con esta exposición.
