Musica en casa

Desde niño la música siempre estuvo presente en mi casa, de una u otra forma.
Un día de 1963 mi padre me llevo al economato del Ministerio del Aire. No se como podía entrar a comprar, pero lo hacia. Me dijo que íbamos a elegir un tocadiscos y discos. El, que en tantos otros aspectos era ahorrativo, esta vez no fue racano. Un buen stereo, moderno, manejable, marca alemana.
Y además discos, no muchos, pero me los dejo escoger a mí. Los recuerdo perfectamente. La banda original de West Side Story, tres singles de los Beatles (Please, Please me; I want to hold your hand; Love me do; ), dos de los Rolling (Time is on my side; Oh Carol). Para mi madre la Quinta de Beethoven y la Incompleta de Schubert. El se llevo un Ep de Domenico Modugno, con Piove y Volare y otro de música tradicional valenciana.
Mi padre no tenia ninguna cultura musical. Pero le gustaba cantar, en el baño, en el coche. Lo hacia mal. Canturreaba con frecuencia y siempre que estaba contento. Cambiaba e improvisaba letras. Sus preferidas eran algunas coplas tradicionales. Las que más “Mi jaca” y «La canción del Cosaco» de la zarzuela Katiuska. También canciones populares alemanas, de estudiantes y de fiestas de la cerveza y claro, de Marlene Dietrich.
Mi madre había estudiado piano. Lo tocaba bastante bien, hasta que se caso. Chopin, Listz, corridos mexicanos y desde luego Agustín Lara.
La abuela siempre pensó que mi padre la había apartado del piano ( y de otras muchas cosas de una chica bien de General Mola 7). Ella respondía que teníamos una casa demasiado pequeña como para encima meter un piano.
Mi madre siempre defendía y justificaba a mi padre. Pero cada vez que veía un piano, fuera donde fuese, se ponía a tocar, hechizándome y muriéndome de envidia de que pudiera hacer algo tan maravilloso como interpretar música.

Con el tiempo se compro un acordeón. Tan delgada como estaba y sin embargo lo manejaba con agilidad. Sobre todo lo tocaba en Xativa, por las noches en la replaza de la casa. Mis tíos, mis primos, los amigos, la miraban entre encantados y estupefactos. La pedíamos canciones y ella a menudo contestaba, medio protestando, que no la sabia, que era muy difícil, que no se acordaba, pero tanteaba un poco y enseguida era capaz de tocarla.
Ya lo he dicho. Era una atípica mujer de derechas con su acordeón.
Así que a los dos, cada uno a su manera, les gustaba la música. En Santander iban a los Festivales de España, en la Plaza Porticada. En casa nunca me ponían pegas por oír música o por el tipo de música que escuchaba. Si me decían que bajara el volumen, era para que no protestaran los vecinos de al lado y de abajo, gente mayor y conservadora.

Y les gustaba mucho bailar. Ella decía que mi padre lo hacia bastante regular. Debería darle lo mismo, siempre que tenían ocasión bailaban. En Madrid, antes de casarse; y yo les recuerdo en Ramales, en la plaza del pueblo; en Gandia en el Hotel Bayren; en Xativa en el Casino. Por supuesto bailaban agarrados, quizás demasiado agarrados, para los escrúpulos morales de mi madre.