CATALUÑA: POLITICA Y SENTIDO COMUN

El pasado mes de noviembre, un prestigioso juez de la Audiencia Nacional, de impecable trayectoria de izquierdas, nos comentó a un grupo de antiguos abogados comunistas, que el juez Llarena, con fama de ser minucioso en sus actuaciones, no iba a parar hasta meter a toda la cúpula del “proces” en la cárcel y procesarla.
Tan solo unas semanas antes, otro viejo amigo, dirigente comunista y más tarde socialista, en una comida de antiguos camaradas, nos dijo que, ante la reiterada pasividad del gobierno del PP y la obstinación de los políticos independentistas, lo de Cataluña solo lo arreglarían los jueces.
Quede impactado por ambas opiniones y quise creer que finalmente las cosas evolucionarían por caminos mas razonables y que tras las elecciones de diciembre paulatinamente se iría normalizando la situación de Cataluña.
Es evidente que no ha sido así.
La cárcel no es la solución, incluso aunque fuera merecida
Muchos pueden pensar que efectivamente solo los jueces pueden arreglar el caos de Cataluña. Creer que, teniendo en la cárcel a buena parte de los dirigentes independentistas, otras huidas, algunos renunciando a la actividad política y otros sin saber muy bien que hacer, los problemas se están solucionando, es un espejismo del que mas pronto que tarde despertaremos, quizás más alarmados aún.
Aun habiendo estudiado derecho, no tengo formación y conocimiento suficiente, sobre todo en materia penal, para evaluar jurídicamente si las actuaciones del juez Llarena están bien fundamentadas en la legislación vigente. Sin embargo, hay reputados especialistas, dentro y fuera de la carrera judicial, que sostienen públicamente que la acusación de rebelión tiene escasísimo fundamento y que fijar la prisión preventiva y prorrogarla a través del tiempo no es lo más apropiado.
Es evidente que las leyes están para ser aplicadas, sea quien sea el supuesto infractor de las mismas. Pero hay dos cuestiones a considerar.
Los conflictos políticos hay que afrontarlos políticamente
En primer lugar, que aunque la deriva del independentismo haya sido inaceptable, sobre todo a partir del mes de septiembre pasado, el independentismo es un problema político en sus orígenes y que el salto cualitativo producido en septiembre de ruptura de la legalidad, es posible que determinados dirigentes políticos del “proces” lo tuvieran previsto desde hace años, pero que duda cabe que sin la suicida pasividad del gobierno del PP y sin la poco matizada sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatut, seguramente ni el independentismo tendría tanta fuerza ni mayoritariamente hubieran optado por la vía unilateral de quebrar la legalidad.
Podemos y debemos preguntarnos por si el gobierno de los últimos años hubiera estado presidido por Pedro Sánchez, con el apoyo explícito o implícito de otras fuerzas parlamentarias, las cosas hubieran transcurrido igual o de otra forma. En mi opinión hubieran sido distintas y un gobierno de Sánchez habría buscado vías de negociación.
Hay por tanto una responsabilidad política en el gobierno del PP que no puede obviarse y los jueces a la hora de evaluar los hechos deben tener en consideración los antecedentes y el contexto en que estos se producen.
Mas sentido común y menos rigorismo legal
En segundo lugar, las sociedades complejas como la nuestra, para desenvolverse de la forma mas armoniosa posible, tienen que utilizar el sentido común y no solo el peso y el rigor de la ley.
¿Ha pensado el juez Llarena las consecuencias a corto, medio y largo plazo que sus medidas legales pueden causar en la mitad de la sociedad catalana? La justicia, aunque se dice que debe ser ciega, no debe ser irresponsable y menos aún convertirse en un peligro público. No se puede, por querer afrontar un problema legal, generar uno mucho mayor y de más difícil solución.
Unos dirigentes incapaces, sin talla política, pero con respaldo social
Es evidente que la actitud de la inmensa mayoría de los políticos independentistas, más que la cárcel, merece medidas cautelares de volver al colegio a estudiar el mundo en el que vivimos y por las tardes tener una terapia psiquiátrica. El espectáculo que están dando desde las elecciones de diciembre es inédito en la historia de las democracias modernas, digno de aquella película de los Hermanos Marx “Sopa de ganso” y seguro que si Berlanga y Buñuel vivieran se pondrían las botas al respecto.
Lo que nos debe llevar a la conclusión que, sí con unos políticos de esas características y unas actitudes inconcebibles en una sociedad democrática y desarrollada como es la catalana, siguen teniendo tal predicamento, es que las raíces del independentismo son muy sólidas y profundas y que las cárceles podrán echar a la cuneta a sus actuales líderes, pero saldrán otros. Y esperemos que no haya otras consecuencias mucho peores en la evolución del sector independentista mas radicalizado.
Sin dejar de ser cierto lo que usted comenta, me parece que omite en su valoración un hecho de vital importancia: el empeño de Maragall de querer pasar por más nacionalista que nadie forzando a Zapatero a decir públicamente lo de que apoyaría lo que saliese del Parlament. Ya estaba la trayectoria de la izquierda catalana jalonada de bastantes concesiones al nacionalismo, pero aquí se pasó de rosca. De ahí la irrupción de C’s, al calor de una masas trabajadoras (creadoras de la riqueza catalana) que se vieron políticamente huérfanas.
Un saludo cordial.