BELFAST, UNA ESTACION AGUJERADA POR LAS BOMBAS

Cuando a mediados de agosto de 1973 llegué en tren desde Dublín a Belfast, la estación aún conservaba claramente las huellas de las bombas que habían explotado en 1972. Se veían agujeros en las paredes y en el techo. Había un férreo control militar en la salida y quien revisó mi pasaporte se quedó sorprendido de que un jovencito español tuviera interés en hacer turismo en una ciudad en pie de guerra.
¿Cómo iba a visitar Irlanda y no ir a conocer Belfast?
A principios de los años 70, los jóvenes izquierdistas españoles teníamos sentimientos contradictorios en relación al I.R.A. Condenábamos tajantemente sus acciones terroristas, pero simpatizábamos con la causa de los católicos irlandeses frente a la ocupación inglesa de Irlanda del Norte y la actitud opresora de la minoría protestante. La división entre un IRA socialista y un IRA estrictamente nacionalista precisamente los más radicales y violentos, nos facilitaba esa opción.
El ferry de Liverpool me dejó en un muelle cerca de la desembocadura del Rio Liffey, que cruza todo Dublín. Bajé del barco y pensé que el centro de la ciudad estaría cerca. Así que con mi mochila a cuestas empecé a andar y andar y andar. Pasaban algunos autobuses, pero ni tenía moneda irlandesa ni idea alguna de a dónde me podían llevar. Hacía calor y cada vez sentía más sed. Por fin acabó la zona portuaria e industrial y comenzó la ciudad en sí.

Llegué al puente doble de O´Connell y al impresionante monumento erigido en su nombre. Cambié algo de dinero en un banco, comí algo y recorrí más tranquilo las casas típicas de Bachelors Walk. Y sin más me puse a la ardua tarea de buscar el Youth Hostel. Después de cenar di alguna vuelta por el centro de Dublín y no me gustó mucho. A la mañana siguiente dejé Dublín camino de Belfast, sin haber bebido cerveza y sin haberme pasado por el Temple Bar. 35 años más tarde hemos vuelto dos veces a Dublín, para recorrer Irlanda y la segunda vez para visitar a nuestro hijo Juan. Me encantaron sus jardines, sus edificios y calles del centro, sus bares y desde luego el Temple Bar, además la zona portuaria no tenía ya nada que ver con lo que yo había recorrido.
La llegada a la estación de Belfast me impactó, a pesar de que imágenes de las acciones terroristas en Irlanda del Norte eran frecuentes en la televisión de aquellos tiempos.

El centro de Belfast era mucho más que una película de guerra. Puestos de soldados por todas partes, sacos terreros de hasta 2 y 3 metros de altura en todos los edificios públicos, tanquetas por las calles, alambradas, registros en cualquier lugar que entrara, fuera una tienda, un bar, un banco o correos, locales con restos de bombas o tiroteos, las famosas pintadas y grafitis del IRA y de los Unionistas, Y siempre los militares con las ametralladoras por delante.
Sin embargo, lo que más me impresionó eran las jaulas en que habían convertido las pequeñas calles de los barrios católicos. A la entrada había unas altas rejas, que me recordaban a las jaulas de las fieras que había visto en el Circo Price de pequeño. Por una puertecita se entraba a la calle, tras pasar un control militar y justificar que se vivía o trabajaba en ese lugar. Desde luego ni se me ocurrió entrar en ninguna.

De sorpresa en sorpresa, no conseguía salir de mi asombro, Todo me resultaba muy opresivo y eso que solo me moví por el centro, la zona comercial. El despliegue militar era realmente impactante.
En el Youth Hostel, donde estábamos cuatro gatos, pensé que la visita a Belfast no daba para mucho más. No me podía ocultar que sentía miedo. Si todo estaba así, era porque realmente la violencia y el terrorismo eran frecuentes, se hacían presentes cuando menos lo esperabas y no iban a hacer distingos con un chaval español.

En el tablón del Hostel había un anuncio de otro Youth Hostel en Ballygally, cerca de Belfast y del puerto de Larne de donde salían ferrys para Escocia. Decidí marcharme al día siguiente, pero aún me dio tiempo de entrar en una tienda de discos de simpatizantes del IRA. Me compré un disco muy artesanal, grabado en una cárcel inglesa con canciones de lucha grabadas por los presos; como curiosidad no estaba nada mal, pero tuve que estar cargando con él todo lo que me quedaba de viaje y fue un rollo.

Ballygally fue un auténtico descanso después de la tensión de Belfast. El Youth Hostel estaba en la ladera de una colina y tenía terraza con maravillosas vistas a la costa. Hacía poco que había visto la película de David Lean “La hija de Ryan”, rodada en la península de Dingle (que visitaría con Elena, Elisa e Isabel muchos años después) y Ballygally tenía un paisaje aún más bello. Estuve todo el día paseando y disfrutando y por fin, ya relajado, me tomé mi primera pinta de cerveza irlandesa.

A la mañana siguiente en Larne cogí un ferry al puerto de Cairnryan en la costa escocesa. En la no muy larga travesía, iba dándole vueltas a lo que había visto y sentido en Belfast. Nunca había imaginado que fuera así y las películas que años después fueron apareciendo sobre el conflicto irlandés, se quedaban muy cortas, con lo que había sido vivir el día a día.
Cada vez que leo tus relatos me quedo muy satisfecho, lo escribes tan bien que pareciera que uno esta en esa epoca
Un abrazo