DESCUBRIENDO ESCOCIA, DE AYR A DURNESS

Cuando el ferry se iba acercando al puerto de Cairnryan, pensaba en cómo me iba a mover por Escocia y que es lo que iba a visitar. No conocía a nadie que hubiera estado alguna vez allí, ni siquiera en Edimburgo. Tan solo disponía de un magnifico mapa de la red de trenes de Gran Bretaña, otro mapa de carreteras, y otro de los Youth Hostel. Nada más. Lo único que me sonaba, además de Edimburgo era el Lago Ness.
Desde Cairnryan cogí un autobús hasta Ayr, el lugar costero más cercano con Youth Hostel. Era un pueblo pequeño, delicioso y el Albergue igualmente muy chico. ¡¡¡¡Pero que playa!!!! Una larga y ancha playa, sin casi nadie, quizás dos o tres personas paseando a sus perros. No encontraba explicación a que en pleno agosto esa maravilla estuviera desierta. Hasta que una vez en bañador, me metí en el mar, por primera vez en mi viaje a las Islas Británicas. Conseguí salir con esfuerzo de aquel tempano de hielo. Frio era una descripción amable. En la arena hacía calor, en un día bastante soleado. Me repuse y volví a intentarlo. Logré meterme hasta la cintura, me tumbé metiendo la cabeza y salí corriendo.

De Ayr a Glasgow pasando por Kilmarnock, empecé a disfrutar el paisaje escoces desde la ventana del autobús. Lo que vi de Glasgow al cruzarlo hasta la estación de autobuses, no me llamó la atención. Los suntuosos edificios del centro eran muy grises y toda la ciudad parecía tristona. Por lo que sin mas cogí un nuevo autobús hasta Edimburgo.
Edimburgo me fascinó desde el primer paseo que di por Princess Street. Pasó inmediatamente a convertirse en mi ciudad favorita junto a Venecia y Praga.

Coincidí con el festival de teatro de agosto y entre la numerosa oferta existente, la que más me apeteció fue una versión del musical “Hair” y suponía que me enteraría de algo. Era en un local cerca del Castillo; la versión bastante libre, poco musical y con claro tinte erótico. Me gustó más que nada por el formato desenfadado y la participación del público. Las calles y jardines estaban llenas de espectáculos diversos, de música, baile, teatro. Lo malo es que, una vez más, mi desconocimiento del inglés me impedía disfrutar de todo lo que veía y oía.
Subí a una alta colina cercana a la ciudad, que tenía unas vistas espectaculares, a pesar del enorme calor que hacía y la sudada que me di. Abandoné la ciudad después de tres noches y dos días con la sensación de que había visto poco y me prometí, también aquí, que en el futuro volvería para conocerla mejor. Hasta ahora no he vuelto, es una asignatura pendiente.

La siguiente parada fue Loch Lomond. Otro lugar increíblemente idílico. El Youth Hostel tenía una playita en la orilla del lago. Allí estaban sentados en hamacas unos cuantos chicos y alguna chica; tomaban el sol en traje de baño. Sin hacer preguntas me tiré al agua de cabeza, no quería hacer el ridículo de entrar poco a poco. La playa de Ayr era caribeña en comparación con aquello. No se me cortó la digestión, porque no había comido, pero creí que moría allí mismo. La cara de todos los que me estaban viendo era una mezcla de asombro y de cachondeo. Decidí dar una muestra de la fortaleza de un español y me puse a nadar. No aguanté mucho, pero sí un ratito. Cuando salí algunos me aplaudieron. En el tiempo que pasé en Loch Lomond no vi a nadie más bañarse.

Un día después cogí un autobús a Glencoe. Me impresionó el color cambiante de las nubes, de las montañas, de las praderas. Si hubiera tenido una tienda de campaña me hubiera quedado un mes disfrutando de ese paisaje silencioso, sin habitantes. Me sorprendió que no hubiera nada de turismo ni instalaciones hoteleras en un lugar tan fuera de lo común, en el Youth Hostel éramos muy pocos.

Autobús a Inverness cruzando las Highlands. Después de Edimburgo no había punto de comparación, pero sin duda es una pequeña ciudad, agradable, con parques y jardines deliciosos y uno de esos ríos que cruzan casi todas las ciudades británicas dando un toque bello y bucolico. Recorrí Inverness en unas horas, tenía la tarde sin nada que hacer y decidí picar en el anzuelo: una visita guiada al Lago Ness. Un gasto superfluo ya que ni entendía las continuas explicaciones del guía ni el lago es comparable a otros que había visto ya y que seguí viendo después. Si al menos hubiera aparecido el dragón… Lo que más recuerdo es el color gris cobalto del agua, reflejo de un cielo totalmente nublado, aunque sin llover.

El viaje en trenecito de Inverness a Kyle of Lochalsh, no hay palabras para describirl. Ni siquiera es comparable con el tren de Flam en Noruega, que he hecho el pasado mes de junio, abarrotado de desagradables turistas chinos o el precioso tren que rodea el Etna en el que fuimos hace dos años.
El Castillo de Eilean Donan, aunque lo había visto en películas, documentales y fotos, al natural resulta aun mas fascinante.

Llegué a Kyle of Lochalsh y en la estación me quedé sentado en un banco viendo enfrente la Isla Skye y el Loch Alsh. (Hoy esa vista esta muy perjudicada por un ambicioso puente que une la isla con tierra firme). En Kyle, realmente una aldea, no había Youth Hostel, así que decidí probar por mi cuenta un Bed & Breakfast. Por enésima vez mi ignorancia del inglés me jugo una mala pasada. Había casitas con la identificación de “B & B” y en todas ellas colgaba un cartelito en donde se leía “Vacancies”, y lo traduje directamente en que los dueños estaban de vacaciones.

Ya oscureciendo, encontré una preciosa casita en la ladera de la colina en la que ponía “No vacancies”, respiré tranquilo, por fin iba a dormir tranquilo bajo techo. La señora que me abrió la puerta se quedó perpleja viendo que un desaliñado joven extranjero pedía habitación, sin tener en cuenta el cartel. Ella no me explicó el significado de “vacancies” y “no vacancies”, pero le debí dar lastima con mi cara compungida y mi incapacidad para hacerme entender. Me ofreció dormir en la caravana que tenían aparcada en el jardín. Me pareció estupendo. Me pude duchar y me dio algo de cenar. Dormí de maravilla y desayune aun mejor.

De nuevo autobús a Ullapool. Un pequeño puerto pesquero, de postal. Me seguía acompañando el buen tiempo y disponía de Youth Hostel. Disfruté paseando por el muelle y los pequeños caminos. Durante la cena en el Hostel se me cruzaron unos ojos sugestivos, nos pasamos la cena mirándonos de mesa a mesa. ¿Cómo era posible comunicarme en plan sentimental sin saber inglés? Y vencido por la timidez decidí no arriesgarme, aunque hasta la hora de dormir estuvimos pendientes. Lo bueno de esta historia romántica no nacida, es que me permitió vislumbrar que las heridas de la ruptura con ella ya se iban cerrando.
El ultimo lugar de mi recorrido por Escocia era Durness en la costa norte. Desde Ullapool no había transporte directo. Decidí hacer autostop. Me coloqué al principio de la carretera que conducía a Durness, descubriendo con horror que otros habían madrugado más que yo. De vez en cuando pasaba algún coche y casi todos paraban. Los autostopistas iban subiendo por riguroso orden de llegada. No recuerdo cuanto tiempo esperé, varias horas. Por fin un coche deportivo con una pareja me cogió. Creían que era italiano y empezaron a hablarme en italiano, hasta que se dieron cuenta, yo creo que, con desilusión, que era español y no sabía ni italiano ni inglés.

El viaje a Durness fue largo. Una carretera muy estrecha y llena de curvas, con una sola dirección y con yerba en el centro. Cuando aparecía un coche de frente, inmediatamente había que parar y retroceder hasta un pequeño ensanchamiento que jalonaba el camino cada 200 o 300 metros. Mi conductor corría o al menos eso me pareció, aunque respetaba a rajatabla las reglas de la carretera.
Durness era otro pequeño pueblo encantador, con unas fantásticas vistas de la costa. El Youth Hostel estaba en un promontorio encima de la playa. Era mi despedida de Escocia y no me resistí. Me bañé y aunque el agua seguía estando helada, ya me estaba acostumbrando y además no era el único bañista. Por la noche viví la experiencia del sol de medianoche que no conocía. No desapareció la luz y lo que al principio me resulto agradable y hermoso, a las dos de la mañana estaba con los ojos abiertos sin poder dormir, mientras todos los demás a mi alrededor lo hacían.
El regreso a Edimburgo fue en autobús con un recorrido precioso. Allí un rápido tren a Londres, ilusionado con el viaje que había realizado por Escocia, que nunca había imaginado que me fuera a gustar tanto