MI PADRE DETENIDO EN UNA CHEKA

Mi padre me encontró unos panfletos con la hoz y el martillo. Me llevó al cuarto de estar. Tenía una mezcla de cabreo, preocupación y tristeza, aunque predominaba la furia. Me sentó y me dijo, “Te permito todo, menos que te hagas comunista. Los comunistas me tuvieron varios meses detenido en una cheka en calzoncillos”.
Me quedé sin saber qué responder, ni qué hacer. En mi interior tenía una risa nerviosa, incontenible, imaginando a mi padre en calzoncillos todo el día. Esa pintoresca visión podía en mi más que la dramática revelación, que por primera vez en su vida me había hecho, y más que la bronca que me estaba echando.
Por fin, le contesté medio balbuciendo, “no soy comunista”. Era cierto. En esos momentos era del «Frente de Liberación Popular», variación que sin duda a mi padre, de saberlo, no le hubiera resultado muy tranquilizadora.
Nunca más volvimos a hablar de la historia de su participación en la guerra civil.
Por retazos de conversaciones con otros familiares, algo he reconstruido de su vida en aquellos años. Le alistaron en el ejercito de la Republica, al estar en Madrid y en edad militar. Alegó algún defecto físico y le desmovilizaron. Colaboró con la quinta columna franquista, falsificando documentos de trabajo y otros permisos para perseguidos. Llegó a tener una pistola. Le descubrieron y estuvo detenido. Todavía en los años 50 y 60 se encontraba por la calle a gente que le recordaba que gracias a él, habían salvado la vida.
Muchos años después, mi tio Dario me contó que mi padre se salvó gracias a la sublevación del desleal y anticomunista Coronel Casado a finales de la guerra, que antes de entregar Madrid a Franco persiguió a los comunistas, por lo que de rebote mi padre pudo escapar de la cheka.

En casa no hacía referencias a aquel tiempo, ni a la posguerra. Mi madre decía que mi padre nunca se había querido aprovechar de sus relaciones y amistades. Que todo lo que había conseguido, había sido por su esfuerzo personal. A veces resistiendo presiones de amigos, compañeros y jefes.
Cuando murió, en una reunión del Foro de la Inmigración, su presidente, Juan Diez Nicolás, sin habérmelo anunciado previamente y sin que viniera mucho a cuento, dado el ámbito, hizo un hermoso panegírico de mi padre, llegando a decir que en los años 60 en el Ministerio de Trabajo le consideraban un hombre del PCE, por sus ideas progresistas.
En medio de la emoción por aquellas palabras de homenaje, que no olvidare, me quedé de piedra ante tal comentario.
Ahora noto un vacío en mis señas de identidad y la frustración por no haber sido capaz de hablar con mi padre sobre que fue de él en la época más difícil de su vida.
En cualquier caso, algo tengo claro, él no se sentía de los vencedores.

Mi madre sí hablaba mucho de la II Republica y de la guerra civil.
De la quema de los conventos y colegios religiosos. De la detención de mi abuelo en la Iglesia de Ramales. De cuando enterró con mi abuela dinero y joyas en el jardín del chalet. De la requisa por los rojos del cochazo de su padre. De la vida oculta en una pensión de Santander. De la salida a Francia en un barco de carga con pasaportes mexicanos falsos. De la imagen del Sagrado Corazón de Jesus envuelto en un pañuelo, que un miliciano descubrió, pero ante los ojos suplicantes y yo diría que hermosos, de mi madre, se hizo el despistado y la dejó llevárselo. De las dificultades en los primeros días de exilio en Burdeos. De la vuelta al Madrid liberado y encontrarse la casa destrozada.
Para ella, siendo una mujer de derechas desde su niñez en el México posrevolucionario, el que yo fuera comunista no era un motivo de rechazo en sí, mas allá de la normal preocupación de madre por lo que me pudiera pasar con la policía.
Lo peor era que los comunistas éramos ateos, perseguíamos a la Iglesia. Aunque con el tiempo comprendió que los eurocomunistas éramos otra cosa, siguió pensando que estábamos condenados al infierno. Hasta el ultimo momento de su vida rezó por mi conversión.
