Plaza Schuman

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Publicado en CATEGORÍA:   Recuerdos.
  9 febrero, 2018.
HectorMaravall ha escrito 181 entradas.

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Salí de la reunión del Comité de Seguridad Social a las 5 en punto. Aun no lo sabía, al ser la primera vez que asistía a un organismo de la Unión Europea. Los horarios son sagrados, especialmente para los traductores simultáneos. Aunque ya estaba oscureciendo, tenía toda la tarde por delante.

Subí despacio a la Plaza Schuman. Llovía suave y resultaba agradable. Di dos vueltas lentamente a la plaza. A un lado el simbólico edificio de la Comisión. Al otro, los cimientos de una gran obra, que algunos años después sería su nueva sede. Pensaba en todos los difusos sentimientos de mi estreno con la realidad de la Unión Europea.

Recuerdos blog de Héctor Maravall
Me dirigí al pequeño hotel a escasos cien metros de allí. No conocía a nadie en Bruselas. Puse la televisión, esperando la hora de salir a cenar a cualquier italiano de los alrededores.

Todas las cadenas daban lo mismo. Cientos de personas destruyendo el Muro de Berlín. En las ultimas horas antes de dejar España, ya se percibía el irresistible colapso de la RDA. Pero ahora eran multitudes en la calle, deshaciéndose de su pasado comunista.

Estuve un rato cambiando de canales. En el fondo queriendo huir de esas imágenes, o buscando alguna visión más equilibrada, menos radical. Era inútil.

Fui a cenar. Comer solo en un restaurante, sobre todo en un país extranjero y sin prisas, da para mucho. La Unión Europea, la caída del Muro, mi arraigada militancia comunista, por heterodoxa que fuera, se mezclaban en un mosaico todavía confuso.

A las 9 de la noche, antes de regresar al Hotel, volví a pasear, casi mecánicamente, por la Plaza. Y la pregunta subía y bajaba. ¿Qué hace un comunista en octubre de 1989 en la Plaza Schuman de Bruselas? ¿Qué futuro tenemos?

No quería responderme. Pero la sensación de final de una época vital, me daba vueltas, cada vez más intensa. Recordaba la imagen de Burt Lancaster, Conde de Salinas, en la película de Il Gatopardo, cuando mirándose al espejo en el baile, las arrugas de su cara, le decían que su tiempo ya había pasado.

Mi malestar aumentaba, porque no era la primera vez que tenía esa idea angustiosa.

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