«1917», GRAN PELICULA QUE NOS SUMERGE EN LA GUERRA

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Publicado en CATEGORÍA:   Música y Cultura.
  15 enero, 2020.
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Siempre me han gustado las películas bélicas, de guerra. Desde que, cuando cumplí siete años, mi madre me llevó por primera vez a ver una película en el cine Infantas, “La ultima esperanza”, de un “humanitario” submarino italiano en la segunda guerra mundial; pura propaganda, aunque aquel día lo que más me preocupaba es que nos ahogara el mar embravecido que aparecía en la pantalla.

Con mi padre vi muchísimas películas de guerra, que también le gustaban, lo mismo que las del “oeste”. Y así hasta hace unos días que vi “1917”.

Decir que es una película de guerra es quedarse corto o dar una visión limitada. Es una película que te sumerge “en la guerra”, vives la guerra. Desde las primeras imágenes bucólicas de un paisaje verde y florecido que rápidamente cambia a un magnifico plano secuencia en el interior de las trincheras.

El cine nos ha ofrecido formidables y a la vez terribles películas, desde el clásico “El sargento York” de Howard Hawks a “Apocalypse now” de Francis Ford Coppola, pasando por “Senderos de gloria“ de Stanley Kubrick, “La delgada línea roja” de Terrence Malick, ”Salvar al soldado Ryan” de Steven Spielberg, “Todos a casa” tragicomedia de Luigi Comencini o la reciente “Dunkerque” de Christopher Nolan. “1917” puede codearse con esos grandes títulos con absoluta dignidad.

La guerra puede enfocarse desde diversos prismas. Ofrecer meramente espectáculo (“Los cañones de Navarone” o “El día más largo”), hacer apología de los héroes (“Rommel el zorro del desierto”), o por el contrario la irresponsabilidad de determinados mandos (“La última carga”), reflejar el compañerismo (“Adiós a las armas”) , la crueldad o maldad de los enemigos (“El puente sobre el rio Kwai” “Feliz Navidad Mr. Lawrence”), la destrucción de ciudades y pueblos (“En tierra de nadie”, “Stalingrado”), fotografiar escenas sangrientas o de gran violencia (“Malditos bastardos”) o tratar los efectos traumáticos físicos y mentales (“Johnny cogió su fusil”, “El cazador”).

Sam Mandes, director de “1917”, opta por una combinación de estilos, escenas y mensajes. La odisea de dos jóvenes, elegidos para una misión no porque sean especialmente heroicos o con grandes hazañas por detrás; uno de ellos porque se orienta muy bien en el campo a través y además tiene un aliciente familiar para asumir el encargo y el otro porque es su mejor amigo.

La película nos sumerge “físicamente”, como muy pocas otras, en la realidad de la guerra de trincheras, del cuerpo a cuerpo, de la muerte cara a cara y en definitiva en la sangrienta inutilidad de sacrificar jóvenes soldados para mantener la posesión de unos metros de terreno. Se palpa, se respira, el miedo, las dudas, el cansancio, la soledad, la lucha contra el enemigo imaginado o presente, el barro omnipresente o la corriente de un rio desbocado, la voracidad de una rata o la visión de cadáveres abandonados por doquier.

Todo ello casi a tiempo real y con un prodigioso montaje visual, con formidables planos secuencia (el primero de ellos de casi 9 minutos), perfectamente hilvanados, lo que provoca un estado de angustia y ansiedad en los espectadores, acentuado por una música de gran intensidad emocional.

El guion del propio Mandes (en colaboración con Krysty Wilson-Caims), es excelente y cuidadoso con todos los detalles, como p.e. cuando un oficial le dice a uno de los soldados protagonistas que cuando entregue el mensaje al mando al que va destinado, procure hacerlo con mas personas delante y luego entenderemos las razones del consejo. Las escenas del hospital de campaña es otro momento culminante y escalofriante de la película.

Tan solo encuentro una crítica al guion, y es lo malos, malísimos, que son los pocos alemanes que aparecen en la película, que en un escenario de guerra cruel seguramente lo serian, pero es una contraposición demasiado evidente con el perfil positivo de los soldados ingleses.

Los dos protagonistas, George MacCay y Dean Charles-Chapman, están magníficos, sin efectismos ni sobre actuación, pero capaces de transmitir con veracidad lo que pasa por su cabeza y su corazón.

Sam Mandes, ingles de 54 años, aunque no es un director muy prolífico, nos ha ofrecido grandes películas, desde su inicial y desasosegante “American Beauty”, la amarga “Revolutionary road” o la que yo considero mejor, “Road to Perdition”. Ya ganó un Oscar por la primera película y ahora esta multinominado a 10 candidaturas al Oscar, en dura competencia con Scorsese (“El irlandés” su enésima, magnifica y más política recreación del gansterismo), y también con Tarantino (“Erase una vez en Hollywood), Todd Philips (“Joker”). Siendo un peliculón “El irlandés”, en esta ocasión debería ser “1917”, quien se llevará el Oscar a la mejor película y director.

En definitiva, hay que ir a verla y tampoco estaría mal que la pusieran en los institutos como espejo de la inútil y dolorosa violencia de las guerras.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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