VERANO 74 (y 4), ALBERTI NOS INVITA A UN HELADO

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Publicado en CATEGORÍA:   Recuerdos.
  29 agosto, 2019.
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Madrugamos, desayunamos (gratis) y de nuevo en el autobús camino de Atenas. Cuando llegamos, la ciudad parecía estar en un día de fiesta. Apenas había tráfico, ni gente por la calle, los comercios y los establecimientos estaban en su mayoría cerrados. Nos fuimos rápidamente a la lista de correos para ver si habíamos recibido el dinero de mis padres. Estaba cerrada. Nos hubiera dado lo mismo, porque la transferencia no se había hecho, al no haber recibido mi carta desde Estambul.

Fue entonces cuando descubrimos que Atenas estaba vacía y cerrada, porque el día anterior se había producido la caída de la dictadura de los coroneles, que habían presentado su dimisión y se estaba constituyendo un gobierno civil, presidido por el histórico dirigente de la derecha griega Karamanlis. Era sorprendente que en la calle no había ni militares, ni policías ni gente manifestando su alegría.

No nos quedaba apenas dinero y estábamos agotados. En el aeropuerto pudimos cambiar el billete de avión a Roma, que teníamos para dos días después y salir casi sin esperar. Supongo que en el abarrotado avión huiría mas de un implicado en la dictadura. En Roma, ya bastante de noche, encontramos una pensión en un piso, que era para lo único que nos daba el último dinero.

La solución que nos quedaba fue recurrir de nuevo a la embajada de España. Les contamos las diversas peripecias del viaje y les pedimos que nos dieran un préstamo para poder regresar a España en avión o en tren. Esa posibilidad no estaba contemplada entre las funciones que tenían. Tan solo nos podían mandar con una especie de deportación legal, con retirada y anulación de pasaportes y dejarnos en la frontera de Port Bou y ya en Madrid deberíamos solicitar un nuevo pasaporte. No estaban los tiempos para jugarse la obtención del pasaporte, así que renunciamos a esa vía.

Fue entonces cuando a Elena se le ocurrió tirar de sus relaciones familiares y pidió hablar con el agregado naval. Nos recibió muy amable y enseguida nos dijo que conocía a su padre y que vería cómo solucionar nuestra situación. Me preguntó si yo era su marido y al decirle que aún no estábamos casados, se le torció la cara. Tenía que hablar con el padre de Elena y preguntarle qué hacía con nosotros. No nos seducía la idea y nos despedimos, aunque antes nos dio una pequeña cantidad de dinero.

No habíamos desayunado, estábamos muertos de hambre y desesperados. Con el dinero de la embajada nos compramos una sandia y sentados en una plaza nos la comimos entera, lo que nos vino muy bien, dado el enorme calor que hacía.

Volvimos a la pensión. Habíamos pagado por adelantado la primera noche y  con la ayuda del agregado naval pudimos pagar una segunda noche. Les contamos nuestra situación. Preguntaron si conocíamos a alguien en Roma y la verdad es que a nadie. Hasta que se me ocurrió una extravagante idea. Llamar por teléfono y pedir ayuda al único español cuyo nombre podríamos localizar en la guía telefónica: Rafael Alberti.

Parecía una idea descabellada, y lo era, pero no del todo. Alberti era comunista como nosotros, tenía dinero y daba la casualidad que en mi despacho de Españoleto 13, Cristina Almeida acababa de tramitar una reclamación legal en relación con el secuestro de un libro suyo y lo había ganado. El teléfono milagrosamente sí estaba en la guía de Roma.

Le llamé. Lo cogió su secretario, que se quedó de piedra cuando hice mi presentación y le pedí el favor de una ayuda económica. No estaba en absoluto por la labor. Su desconfianza era absoluta, después comprendimos por qué. Tras mucho insistir nos citó esa noche en una terraza del Trastevere.

Alberti y María Teresa León estaban ya cenando con un grupo de amigos italianos. Hicimos ademán de acercarnos y su secretario al vernos, se levantó, nos detuvo y nos llevó a otra mesa al lado. Nos explicó que hacía dos o tres semanas un grupo neofascista italiano, con presencia de extremistas españoles, habían intentado secuestrar a Alberti y que por eso no se fiaban de nadie y debían tener enormes precauciones. A lo largo de la conversación, el secretario de Alberti, que había estado en contacto con Cristina durante el proceso legal, comprobó que yo era quien decía.

Nos repitió que Alberti no podía estar dando dinero a todo joven español en apuros, sin hacer excepciones por muy comunistas que fuéramos. Sin embargo, nos hizo una sugerencia que al final fue la solución. Ir a la oficina de Iberia en Roma. Desde allí llamar a mi despacho en Madrid, que ellos pagaran el billete en una oficina de Iberia e inmediatamente nos lo entregarían en formato papel en Roma.

Elena y yo ingenuamente pensamos que al menos Alberti nos invitaría a cenar. No fue así. Su secretario nos dijo que nos invitaba al postre que quisiéramos. Pedimos el helado más grande que había en la carta. Ni siquiera pudimos despedirnos del poeta. Pocos años después, en los avatares políticos del PCE me volví a encontrar con el secretario. Nos reconocimos escuetamente. Ni en esa ni en ninguna otra reunión mencionamos la aventura romana.

Al día siguiente desde la oficina de Iberia en apenas dos horas pudimos conseguir nuestros billetes. Emilia, muerta de risa cuando le expliqué lo que nos había pasado, fue eficaz y rápida e incluso vino a buscarnos al aeropuerto de Barajas.

La primera llamada en Madrid fue a mis padres. Llevaban sin noticias mías desde que me fui. No habían recibido ninguna postal ni carta ni por tanto la petición de dinero. Llegaron semanas después. No me quiero imaginar lo mal que lo debió pasar mi madre.

Tras un mes de aventuras y desventuras, Elena y yo tomamos la decisión de irnos a vivir juntos.         

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